Ayeray

Sostenía el teléfono con una mano mientras el cigarrillo se le consumía en la otra. Con la mirada perdida, asentía o negaba de vez en cuando, en respuesta a lo que la voz le decía, acompañando las palabras con pequeños gestos de la cabeza.
Al fin colgó y, al tiempo que dejaba caer la colilla consumida en el cenicero, se sentó en el silloncito más cercano a la mesa, junto al balcón. Cuéntame más…

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De las injusticias de la vida

De las injusticias de la vidaYa se ha hecho de día. Pleno día. Lo sé aunque hayan dejado las persianas del salón bajadas del todo para que no entre la luz. Se deben creer que soy tonto. Ellos se dicen: “si no ve la luz, pensará que es de noche y nos dejará seguir durmiendo”. Pero para empezar, la luz entra por las rendijas, aunque sea muy poquita. Y vamos, no hay que ser muy listo: si entra luz es porque la hay, y si la hay, es que es de día. Deducción sencilla, ¿no? Y, es más, en el otro lado de la casa, hay unas ventanas sin persiana… Deben ser un poco babiecas, estos dos. Cuéntame más…

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Tonta

Siempre lo había sospechado, pero hoy he tenido la certeza.
Ha sido como quien no quiere la cosa: estaba en el sofá, arropada con una pequeña manta (sí, una manta, en agosto, pero es que aquí en Galicia, ya se sabe) y leyendo un artículo, ya antiguo, de Pérez-Reverte. Así resumiendo, el escritor le hablaba a la nietecilla de un abuelo, y le contaba quién había sido o quién había podido ser este abuelo suyo. He acabado la lectura del artículo sacudida por un llanto incontrolable, de esos que aparecen de repente y te dejan sin resuello.
A ver, que nadie me malinterprete. Yo no soy una tonta en el sentido tradicional de la palabra. Cuéntame más…

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