Andrea. Capítulo I: Las botas de siete leguas

Las botas de siete leguasAndrea se despierta con una fuerte resaca. Mareada y con la cabeza palpitando, sale de la cama, maldiciendo la ultima tanda de chupitos de tequila. De camino a la ducha, sus pies tropiezan con un objeto pesado en el suelo. Se agacha a recogerlo, pensando que será su mochila, que tiró de cualquier manera al llegar a casa ya de madrugada. Pero lo que su mano recoge es un objeto muy distinto. Una bota.
Andrea trata de hacer memoria, porque esa bota no es suya. Repasa los acontecimientos de la noche. La timba de póquer. —¡Claro! —recuerda de pronto— ¡Ese comemocos de Pulgarcito! Mira que apostarse las botas de siete leguas… Quizá pueda sacar un buen pico por ellas en el mercado negro…
Tras la ducha y un ligero desayuno -casi una comida, vista la hora-, Andrea se siente un poco mejor. Además, tiene motivos para alegrarse, pues esta tarde tiene una cita importante: va a negociar la adquisición de un palacete en uno de los terrenos cercanos al Gran Lago. Reunir el dinero suficiente le ha llevado muchos años de trabajos, engaños, picardías y partidas de cartas. Pero ese es su gran sueño y ha merecido la pena. Hoy, Andrea dejará de ser una pueblerina más, abandonará para siempre la vieja cabaña del bosque que su abuela le dejara en herencia tiempo atrás, y se codeará con príncipes y princesas, reyes y reinas, hadas y pícaros duendes. Hoy, Andrea entrará en el gran mundo.
Mientras elige con detenimiento el atuendo, repara otra vez en las botas junto a la cama. —La verdad es que son bastante monas —piensa. Puede que le combinen bien con el hermoso vestido verde que ha elegido para la ocasión.
Se prueba el vestido y añade las botas al conjunto. —Bueno, quedan resultonas… Quizá no sean lo más apropiado, pero dan un punto de originalidad…
Peina sus delicados cabellos rubios en una trenza y sale al patio, dispuesta a hacer a pie los 20 kilómetros que la separan de la villa, poco más que unos segundos de camino con sus flamantes botas de siete leguas. Pero una vez fuera, se sorprende al escuchar el sonido de unos cascos de caballo. No es frecuente tener visitantes en esa zona tan alejada del Reino, así que se acerca hasta la valla de entrada para tratar de averiguar algo. Efectivamente, atravesando la pradera, se acerca a todo galope una pareja de jinetes. Las lanzas relucen al sol del mediodía. Cuando llegan ante su valla, Andrea reconoce el atuendo y el estandarte de la Guardia del Rey.
—Buenos días, señorita. ¿Es usted Andrea López, alias Caperucita Roja?
Ese maldito apodo la perseguirá toda la vida.
—Sí, yo misma, ¿qué desean?
Uno de los guardias desciende de su montura, abre la valla y se acerca a ella con una sonrisa poco agradable.
—¿Es cierto eso? ¿Me confirma usted su identidad? ¿Responde usted al nombre de Caperucita Roja?
—Sí, sí, sí. Sí a la tres preguntas. ¿Y usted me puede decir ya cuál es el motivo de su visita? Tengo una cita importante esta tarde y llevo prisa.
—Me temo, señorita, que va usted a tener que anular su cita.
—¿Cómo?
El guardia avanza y la sujeta con fuerza por el brazo.
—Queda usted detenida en nombre del Rey.
—¿Qué? ¿Qué significa esto? Detenida, ¿por qué?
El hombre tira de ella, alejándola de la casa.
—Está usted detenida por varios cargos: juego ilegal, consumo abusivo de alcohol, estafa, y posesión no autorizada de objetos mágicos. Estoy además en la obligación de comunicarle que todas sus cuentas han sido confiscadas.
¿Cuentas confiscadas? Andrea titubea, mira al guardia con ojos desorbitados. El juego es efectivamente ilegal en el Reino, pero siempre se ha hecho la vista gorda. Es sabido de todos. Entonces, ¿por qué ahora…? De pronto, comprende: “y posesión no autorizada de objetos mágicos”.
—¡Maldito comemocos! ¡Chivato de mierda!
—¿Perdón, señorita?
Andrea se suelta del guardia con un tirón brusco.
—¡Se va a enterar ese mequetrefe! ¡No se puede jugar si no se sabe perder!
—¡Señorita! ¡No me obligue a utilizar las armas!
Pero Andrea, calzada con las botas de siete leguas, da un gran salto y se aleja de allí, para ir en busca del que acaba de convertirse en su gran enemigo.

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2 comentarios sobre “Andrea. Capítulo I: Las botas de siete leguas

  1. ¡Hola Carme!
    Lo primero de todo, antes que se me olvide, enhorabuena por la mudanza. Veo que todo está más o menos en su sitio y es reconfortante haberte reencontrado… y además con material nuevo, como este que se me presenta.

    Lo segundo, decirte que voy a seguir con mi pauta de un texto cada día aunque, con esto de dividir el de Andrea en varias partes, lo voy a tener bastante difícil.

    La revisión que haces de los cuentos de hadas, mezclándolos con ciertos elementos contemporáneos resulta bastante original al menos en el tratamiento que le das, completamente distinto de la serie Once upon a time. Que Caperucita roja se llame Andrea López no tiene precio; que los soldados del rey la quieran apresar por semejantes cargos, es delirante. Y que el enemigo a batir en este momento sea Pulgarcito… prometo aguantarme hasta mañana a ver que pasa… bueno; mejor no prometo nada.

    ¡Un abrazo muy grande y, como dije anteriormente, encantado de volver a verte por aquí!

    • carme says:

      ¡Bienvenido seas, Pedro!

      Un lector como tú no tiene precio, de verdad. Me alegra muchísimo que vengas por aquí y que disfrutes tanto los cuentecitos. Tus comentarios son la alegría de la mañana.

      La historia ha surgido con el disparador de “Los zapatos” de Literautas. Esta Iria es una mina de inspiración. Y el personaje de Andrea López me he dado cuenta de que está inconscientemente inspirado (bueno, ahora que me he dado cuenta ya es conscientemente) en la Caperucita Roja que aparece en los cómics de Promethea de Alan Moore. Bueno, la suya es más bestia que la mía, francamente…

      Muchas gracias por tu visita y espero que te guste la continuación tanto como el principio.

      ¡Un abrazo!

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