Andrea. Capítulo II: El Gran Palacio.

En el Gran PalacioAndrea sabe exactamente dónde encontrar a Pulgarcito.
Con un único logro a sus espaldas -la muerte del Gran Ogro-, Pulgarcito ha conseguido mantenerse como favorito del Rey durante años. Sin más cualidades que su encantadora pequeñez y sin más hazañas que las conseguidas en una juventud ya desaparecida, Pulgarcito sigue siendo uno de los personajes más populares de la corte. Pero Andrea, como buena conocedora de la vida en los bajos fondos, sabe mucho más de él que la mayoría de las personas que habitan el Gran Palacio. Para ella, la imagen candorosa y dulce del pequeño Pulgarcito no es más que una fachada que esconde a un borracho calavera, glotón y derrochador. También sabe de buena tinta que ha pagado durante años a magos y brujas en su desesperación por encontrar un conjuro que le transformase en un humano de tamaño estándar. Sin éxito.
Así que Andrea se dirige a Villa Grande, la ciudad más grande del Reino, la ciudad donde se encuentra el Gran Palacio.
Con las botas de siete leguas, llegar hasta allí resulta pan comido, aunque no es fácil pasar desapercibida entre las gentes, vestida de manera tan llamativa y elegante. Allá por donde pasa, los hombres abandonan su charla para observarla, las mujeres cuchichean sobre su vestido y los niños la miran como si una auténtica princesa se pasease por la ciudad. Andrea se enorgullece de ello. Sabe que tiene buen porte y buenos andares, sabe que es hermosa, sabe que los hombres la desean y las mujeres la envidian. Sólo le falta el dinero, el título de nobleza, el palacio… Todo lo que estaba a punto de conseguir cuando Pulgarcito se ha entrometido.
Aún así, sabe que no le conviene llamar la atención. Puede que haya guardias haciendo la ronda en las calles, y no sabe si todo el cuerpo ha recibido la orden de capturarla. En la primera tiendecita que encuentra, entra y compra, con el escaso dinero que lleva -y que ahora es lo que queda de toda su fortuna, piensa con un escalofrío- una vieja capa gris con la que cubrir por entero su vestido, y un gorro de tela basta para ocultar parte de su rostro. Así podrá acercarse al Gran Palacio sin llamar la atención.

Como siempre en tiempos de paz, las puertas de la entrada al recinto en que se ubica el Gran Palacio están abiertas a todo aquel que desee cruzarlas, así que Andrea pasa bajo la gran verja mezclada con otros lugareños y sin que ningún guardia repare en ella. Se dirije directamente a la zona de las caballerizas, donde se encuentra la Puerta de las Dádivas. Allí se reúnen cada mañana todos los pobres y desvalidos de la ciudad, donde esperan hambrientos las sobras de la comida del día anterior. Decenas y a veces cientos de personas -más en los crudos inviernos, menos en los suaves veranos- forman corrillos frente a los establos mientras comen aquellos restos palaciegos. No siempre hay para todos. A veces hay riñas, a veces hay llantos. Pero el Gran Palacio hace lo que puede por sus súbditos.
Ahora ya es más de mediodía, y la mayoría de los grupos se han disuelto o han visto reducido su número a unas pocas personas. Andrea se aproxima al grupo más cercano a la Puerta de las Dádivas, y se coloca discretamente junto a uno de los lugareños, que conversa animadamente con sus compañeros. De reojo, observa la puerta, con su gran dintel adovelado y las hermosas jambas, primorosamente talladas. Sigue abierta. Las cocineras y las doncellas que han traído el alimento a los pobres hace mucho que se han retirado. Andrea decide aprovechar la oportunidad, acercándose con disimulo a la puerta. Una última mirada a su alrededor le confirma que nadie le presta atención. Se da la vuelta y se adentra en el amplio pasaje.

El Gran Palacio es un laberinto de pasadizos y escaleras, de esquinas ocultas y paredes que surgen repentinamente, pensado a medida para confundir al enemigo en el caso de una invasión. Sólo las plantas superiores, donde se encuentran los aposentos de los más excelsos habitantes de la corte, se libran de ese patrón enrevesado. Andrea apenas ha estado un par de veces en el Gran Palacio, invitada secretamente por algún compañero de jarana, y tiene escasos recuerdos de aquella maraña de pasillos. En ocasiones se cruza con sirvientes o doncellas, pero ninguno de ellos parece darse cuenta de la presencia de Andrea, enfrascados en sus encargos y tareas.
Desemboca por fin en una sala amplia, aunque poco luminosa, que parece conectar a su vez con la cocina y con algún tipo de patio interior. Hay apenas unas pocas mesas y algunas tinajas de vino. Tal vez un antiguo almacén. No parece haber nadie. Avanza con cuidado, ocultando su rostro, pero cuando ya está llegando a la puerta del patio, una voz conocida la hace detenerse:
—Vaya, vaya, vaya, ¡pero si es mi querida amiguita Caperuza!
Andrea se da la vuelta, buscando el origen de la voz.
—¿Pensabas que no te iba a reconocer con esas pintas de bruja vieja? Es más, ¿pensabas que no iba a reconocer el sonido de las pisadas de mis propias botas?
De detrás de una de las mesas del cuarto, aparece Pulgarcito, espada en mano. Andrea se queda con la boca abierta: cuando le vio por última vez, ayer en la madrugada, borracho como una cuba, Pulgarcito era el mismo renacuajo del tamaño de un garbanzo que había sido siempre. Y sin embargo, ahora, tenía la estatura de un niño de unos 9 o 10 años.
—¿Sorprendida? Sí, esto que ves es el resultado de la última poción que he tomado. No es lo que busco, claro, pero ya es algo. Seguro que se podrá mejorar la fórmula.
—Seguro.
—Bueno, veo que has escapado a la Guardia —dice Pulgarcito—. Supongo que gracias a mis botas.
—Ya no son tus botas.
—Ya, claro, bueno. Es cierto que no debería haberlas apostado, pero, Caperuza, estaba borracho, compréndelo. Tú tampoco deberías haber aceptado, son objetos mágicos… Aunque todos conocemos sobradamente tu falta de ética…
—El problema es tuyo por haberlas apostado, no mío. Y me llamo Andrea. Déjate de caperuzas y caperucitas.
—Sí, ya sé que te irrita lo de la caperuza… A mí, en cambio, me da igual. Pulgarcito no es mal nombre…
—Es un nombre ridículo.
—No me interrumpas cuando hablo, niña.
Pulgarcito avanza unos pasos hacia ella.
—Pulgarcito, como decía, no está mal. Me gusta mucho más que mi verdadero nombre.
—Íñigo, ¿cierto?
—Cierto. Y ahora, querida mía —Pulgarcito levanta la espada hacia el pecho de Andrea— me vas a devolver esas botas.
—Ni en sueños, nene.

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2 comentarios sobre “Andrea. Capítulo II: El Gran Palacio.

  1. De vuelta por la corte de la reina Carme, sigo las andanzas de Andrea y de… esto… Íñigo alias Pulgarcito. Sigue destilando la misma mala leche que el primer capítulo, aunque esta vez la ausencia de tacos ha suavizado tenuemente el relato. Aún así, me choca el comportamiento alejado de los cuentos clásicos de dos personajes de sobra conocidos aunque, eso sí, me encanta el lavado de cara que les has dado.

    PD: No pienso esperar ni un día más a leerme cada una de las partes que ya tienes listas; voy a seguir enfrascándome con ellas que la curiosidad es muy mala.

    ¡Un abrazo muy grande!

    • carme says:

      Hola Pedro,

      parece que te has pegado un buen atracón de Andrea, porque acabo de recibir una retahíla de correos anunciando tus impresiones 🙂 Me voy al último a responderte bien a todos.

      Un besico

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