Andrea. Capítulo IV: El Rey.

El ReyTodos los presentes en la cocina aguzan el oído y quedan tensos a la espera.
A los pocos segundos, efectivamente, la noticia se confirma: un par de sirvientas aparecen apresuradamente.
—Viene a la cocina, ¡viene a la cocina! ¿Estás segura de que hemos dejado todo en orden, Marulís?
—Sí, sí, todo está bien.
Pero las mujeres se quedan sin habla cuando descubren la escena en la cocina. En su lucha, Andrea y Pulgarcito han volcado sillas y tirado sartenes. Un par de ollas cuelgan en torpe equilibrio de un estante. Varios pedazos de platos rotos están desperdigados por el suelo.
Y en el centro del espectáculo, cuatro mozalbetes de la Guardia, entre ellos el novio de Marulís, rodean a una hermosa joven que blande el cuchillo preferido del cocinero.
—¿Qué sucede, muchachas? —pregunta Pulgarcito.
No se habían fijado en él.
—Señor Ínigo, diculpe usted, no le habíamos reconocido, así, tan… bueno, tan alto… —La voz de la muchacha tiembla— Señor Íñigo, al parecer el Rey se dirige hacia aquí. No entendíamos el motivo, pero ahora al veros a todos aquí, comprendemos que el motivo sea precisamente el de vuestra presencia en la cocina. ¿Es posible?
Pulgarcito no contesta. Cruza una rápida mirada con uno de los guardias, mientras los otros tres se escabullen por la puerta que da a la zona de los hornos. Andrea, perpleja, mira a unos y a otros. No entiende qué sucede. ¿Por qué Pulgarcito parece repentinamente asustado? ¿Por qué se marchan los soldados?
No tiene tiempo de hacer conjeturas: el Rey hace su aparición. Andrea, Pulgarcito, el guardia y las dos muchachas, se inclinan todos a la vez en una respetuosa reverencia.
—Levantáos todos, muchachos —El Rey recorre la estancia con la mirada, identificando a los presentes. Su mirada se fija en la muchacha de gris, quien ha perdido su gorro durante la pelea y muestra ahora su larga melena, ya despeinada, y su encantador rostro. Ella le está mirando, arrobada.
Andrea nunca ha estado en presencia del Rey. Ha visto tristes y pálidas imágenes realizadas por los artistas mediocres del Paseo Verde. Y una vez había creído verle, muy muy lejos, montado en su caballo, una pequeña figura enmedio de muchas otras, dirigiéndose a la batalla, años atrás. Pero ahora está ante ella y el tiempo parece haberse detenido.
Todo en él desprende una sensación de calma y sosiego. Su rostro es el de un joven, moreno y bien parecido. Su cuerpo es también el de un hombre fuerte en la plenitud de la vida. Pero en sus ojos, oscuros como la noche, se esconde la mirada de un anciano, de un hombre que todo lo ha visto y todo lo sabe. Andrea se siente hechizada por aquel pozo sin fondo, por aquel encantamiento dulce y doloroso a la vez.
—Bueno —habla de nuevo el Rey, y su voz resuena como una campana en un día de fiesta—, ¿alguien quiere decirme qué es lo que está sucediendo?
El silencio se hace muy intenso mientras todos dirigen la mirada hacia el suelo.
—¿Nadie me lo va a contar? —la voz parece sonreír a través de las palabras.
Se acerca hasta el guardia, que sigue con la mirada baja.
—Muchachas, me parece que vosotras dos podéis marcharos. No tenéis nada que ver, ¿no es así?
—Cierto, cierto, mi señor —murmura Marulís. Su novio hace rato que se ha esfumado con los otros dos soldados. Decide aprovechar la oportunidad para hacer lo propio con su compañera. Ya averiguará más tarde qué es lo que ha sucedido.
Mientras las muchachas salen, el Rey contempla al guardia, y luego a Pulgarcito y a Andrea.
—Roque —se dirige ahora al guardia—. Roque, cuéntame qué ha pasado —Su intensa mirada se clava en los ojos del guardia.
—Señor…
—¿Sí?
—Señor… yo…
El guardia agacha aún más la cabeza.
—Ya veo… Parece que no quieres dejar en mala posición a tu compañero en esta diablura… —El Rey está ahora mirando fijamente a Pulgarcito.
—Pulgarcito, amigo mío, creo que tú eres la clave de lo que está sucediendo aquí, ¿vas a contarme qué ha ocurrido o tendré que averiguarlo por mí mismo?
Andrea percibe una velada amenaza en la voz del Rey. Levanta la cabeza para mirarle y ve más cosas en sus ojos. Ve comprensión, pena. Pero también dureza. Castigo.
Andrea quiere hablar, pero no se atreve. Podría aprovechar el momento para ganarse el favor del Rey, pero no sabe muy bien cómo hacerlo. Su mirada le intimida, y su aplomo y valentía habituales se han desvanecido.
—Está bien. Nadie dice nada. Pero quizás yo pueda hilvanar la historia con lo que veo en vuestros ojos y en vuestra apariencia. Por no hablar de cómo habéis dejado la cocina… —El Rey ríe alegremente.
Andrea siente que su corazón se alegra con su risa y vuelve a mirarle. Pero ahora él también la está mirando, y Andrea cae de nuevo en su embrujo.
—Tú eres Andrea —dice con una sonrisa.
Ella abre mucho los ojos, sorprendida. ¿La conoce?
—No te sorprendas, muchacha, pues conozco bien a quienes habitan mi Reino. Y tus ojos me dicen muchas cosas. Me cuentan tu historia, una historia fuertemente ligada a un nombre. Un nombre peculiar… Andrea, la de la Caperuza Roja… y una historia aún más peculiar… Con lobo incluído.
Andrea se estremece. Aquella es una parte de su vida que no quiere recordar. Hace mucho tiempo que se esfuerza por olvidar aquel miedo atroz, aquel terror pánico que le producía el Gran Lobo. Aquellas brasas encendidas que tenía por ojos, aquellos gigantescos colmillos asesinos…
Andrea comienza a temblar y a sollozar al recordar a su abuela, y siente una repentina punzada de odio hacia aquel Rey entrometido que ha venido a traer a su mente las terroríficas imágenes de su infancia.
—Lo siento —La voz es ahora dulcísima—. No sabía que el recuerdo fuera aún tan doloroso. Siento mucho lo de tu abuela.
El Rey respira hondo y centra de nuevo su atención en los hombres.
—Bien. Resumiendo, veo aquí una historia un poco sórdida. Íñigo —Pulgarcito levanta la cabeza al oír su nombre—, sabes que te he mantenido a mi lado muchos años, orgulloso de tus capacidades y complacido de tu afecto. También sabes que he pasado por alto tu azarosa vida nocturna.
Pulgarcito se sonroja.
—Pero esto es ir demasiado lejos, pues has abusado de mi confianza al utilizar a los hombres de mi propia Guardia para conseguir un beneficio personal.
Se vuelve hacia Andrea.
—Y tú, mi preciosa niña, no has llevado buena vida tampoco. Sé que juegas, que bebes, que robas y engañas… Y hasta ahora nada se ha hecho contra ti, esperando que encarrilaras tu vida, que dominaras tu carácter…
Andrea siente aumentar a un tiempo su odio y su adoración hacia el Rey.
—Sólo veo ahora un camino. Para ambos.
Pulgarcito y Andrea se miran y miran al Rey, asustados.
—El destierro.

 

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3 comentarios sobre “Andrea. Capítulo IV: El Rey.

  1. Dos cosas a destacar en esta parte: La primera de ellas, me ha sorprendido un montón que el rey fuera joven, acostumbrado a que siempre se le vea como un venerable anciano. Y dos, a pesar de su fingida amabilidad, me parece que es un poco… cabroncete, a falta de una palabra mejor… No sé si las siguientes partes me darán la razón, pero vaya manera de zanjar el asunto… con un destierro…

    ¡Un saludo!

  2. Candela says:

    ¡Es genial! Los cuatro capítulos de un tirón cayeron, se lee como agua, y quita igual de bien la sed. 😀 Al principio me enfadé un poco por hacer a este Pulgarcito… 😛 Pero como me enganchaste seguí leyendo y ahora con este final… ¿será posible una amistad?¿a dónde irán?¿buscarán el perdón del Rey?

    ¡Un abrazo!

    • carme says:

      Ay, que veo que he tocado un punto sensible con Pulgarcito… Bueno, ya veremos qué pasa con él. Tengo un guión hecho sobre la historia, pero al introducir las características del rey (que en principio iban a ser otras, siendo un personaje más plano) me ha dado un poco de giro la cosa, porque es evidente ahora que el rey pinta algo más aquí.
      Me alegro mucho de que te haya gustado. Espero poder continuar la historia en breve.
      Gracias por comentar y ¡un besico!

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