Andrea. Capítulo VI: Recuerdos.

RecuerdosCon un doloroso quejido, Andrea se deja caer en el suelo polvoriento. Tumbada, mira con los ojos vidriosos el impasible cielo tormentoso, cada vez más y más oscuro. Hace cuatro días que vaga sin rumbo por el yermo, sin que nada cambie en él. El mismo cielo plomizo, las mismas nubes oscuras, negándose día tras día a dejar caer una sola gota de agua. También el mismo silencio, el mismo vacío, la misma tierra negra y resquebrajada.
Ha perdido completamente la orientación. En aquel desierto sin sol ni luna, sin viento ni estrellas, seguir una ruta es algo imposible.
Tampoco ha encontrado comida ni agua. Los pocos restos de alimento en su hatillo comienzan a desprender un olor desagradable, y el agua se le terminó ayer, justo después de que la mortecina luz del día fuese reemplazada por una oscuridad aún mas asfixiante.
—Al menos, no hay que preocuparse de los depredadores nocturnos… Aquí no sobreviven ni los gusanos —Trata de reír pero la garganta le arde y acaba tosiendo.
Piensa en Pulgarcito. Ahora se da cuenta de su error. Habrían tenido más posibilidades de sobrevivir de haber permanecido juntos. Quizás habrían podido construir un refugio con las pocas piedras que salpican el paisaje. Quizás habrían podido cavar en busca de agua. Sí, habrían hecho un pozo. Y quizás también habrían hecho una honda. Con una honda habrían podido cazar… Cazar, ¿el qué?
Piensa en el Rey. En estos últimos cuatro días ha desarrollado un odio acérrimo hacia él. Aquello no es un destierro, es una condena a una muerte lenta y espantosa. Una muerte que no merece. Trata de recrear en su mente agotada la imagen del Rey, aquella figura bella y sabia, aquella mirada turbadora, y, al hacerlo, siente crecer más y más su rabia. Avivada por la ira, se pone en pie y decide caminar un rato más.

En las siguientes horas, mientras arrastra sus cansados pies por el polvo gris, hace un repaso de todas las historias que escuchó en su día sobre el Yermo Eterno. La voz de su abuela resuena en sus oídos, casi como si estuviera allí mismo, mientras desgrana todos y cada uno de los suplicios a los que se veían sometidos aquellos que eran desterrados para siempre del Reino. El aire irrespirable, las largas horas de marcha en dirección a ninguna parte, el tormento de la sed… Y los monstruos. Su abuela siempre mencionaba horribles monstruos que escupían fuego, que volaban sobre los desterrados para cazarlos y comérselos vivos…
—Ay, abuela, qué equivocada estabas… Aquí no hay ni un alma… Y quizá sería preferible acabar en la panza de uno de esos monstruos antes que morir de sed o de hambre…
Se pregunta si Pulgarcito habrá muerto. Quizás haya vuelto a su tamaño real al morir. Ahora mismo podría ser solamente una mota de polvo más en aquel páramo sombrío. Una pequeña mota de polvo gris rodeada de más polvo gris, que permanecería para siempre en el mismo lugar, en aquel desierto sin vientos ni brisas.
Vuelve a pensar en su abuela. Su encantadora abuela, siempre con su moño y sus horquillas. La recuerda junto al fuego, haciendo calceta, con los ovillos en el regazo y los pies enfundados en gordísimos calcetines de lana.
Pero otra imagen llega, y Andrea no quiere verla. Cierra los ojos con fuerza, mas sólo consigue hacer su recuerdo más vívido. De pronto le parece estar sintiendo aquel frío, le parece que oye de nuevo sus pasos en la nieve fresca. Se ve a sí misma llegando a la cabaña, abriendo la puerta. Vuelve a percibir aquel olor extraño, vuelve a sentir aquel escalofrío. Y de nuevo, lo ve: una sombra oscura, gigantesca. Dos ojos como carbón encendido. Unos colmillos afilados, grandes como brazos. Y a su alrededor, sangre. Mucha sangre. Vuelve a sentir cómo la cesta se escapa de sus manos. La oye golpear el suelo con la misma claridad con que oye su propio grito de terror. Siente la abisal mirada ardiente del Gran Lobo. Nota cómo la está oliendo, examinando, mientras decide si la atacará también o no.
Andrea siente que las fuerzas la abandonan y cae al suelo. Antes de perder la consciencia, alcanza a ver, en la polvorienta distancia, un lobo gigante que vuela hacia ella lanzando lenguas de fuego con sus ojos incandescentes.

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4 comentarios sobre “Andrea. Capítulo VI: Recuerdos.

  1. Tremenda parte de los recuerdos de Andrea, que le da un toque sombrío e inquietante al conjunto. Pensaba que la abuela, ciertamente, estaría muerta, pero no me imaginaba algo tan truculento como la escena que Andrea descubre al lobo. De momento, para cerrar el relato, me ha parecido soberbio. Y te tomo la palabra, sin regañarte para no herir susceptibilidades :P, de que pronto llegue la séptima parte.

    Por cierto, los dibujos que coronan cada parte del relato, más acertados no pueden ser.

    ¡Un besico muy grande!

    • carme says:

      Hola Pedro,

      bueno, primero que nada, muchas gracias por haberte leído todos los capítulos y tomarte el tiempo de comentar cada uno. Se aprende mucho de lo que comentáis y además hace mucha ilusión:)

      Los tacos, como puedes ver, van a ser una constante. Me ha salido una Caperucita -perdón, Andrea- con mucho genio, y claro… Me alegro de que resulte interesante el tratamiento de los personajes. No es que tengan una profundidad pasmosa, pero creo que poco a poco se irá perfilando cómo son y qué buscan realmente.
      Del Rey pretendo que sea un personaje enigmático. Alguien que parece estar más allá de lo bueno y de lo malo, y que tiene una visión de los sucesos muy superior a la del resto de personajes. Vamos, que sabe muy bien por qué los ha desterrado y a dónde les ha conducido. Y aunque es de aspecto joven, Andrea ya percibe que no es más que apariencia, que en el fondo es más viejo que ellos… Bueno, ya se irá viendo… No vamos ahora aquí a desvelar la trama 😉

      Gracias por el piropo con los diálogos. La verdad es que los escribo poniéndome en la situación de cada uno. Me imagino qué diría alguien con el carácter de Andrea y luego imagino qué podría contestarle otro. Trato de que sean realistas, aunque justo ese diálogo del capítulo V me pareció un poco artificial…

      La muerte de la abuela… Bueno, es que me está saliendo una especie de híbrido: humor, con terror, con aventuras… Ya veremos qué tal es el resultado de conjunto cuando lo termine todo.

      Y, último punto y ya no me enrollo más, MIL GRACIAS por haberte fijado en los dibujos. No soy precisamente una gran dibujante (ni grande ni pequeña ni minúscula), y los dibujos me llevan bastante tiempo. Pero pensaba que merecía la pena, para darle un poco de colorido al blog.

      Espero que la continuación llegue pronto, aunque se me avecina tormenta: obras en el piso, y después mudanza de 600 km. ¡Viva y bravo!

      Muchas muchas gracias, Pedro. Me anima mucho que os paséis por aquí y dejéis vuestro granito de arena.

      ¡Un abrazo!

  2. Candela says:

    Genial, Carme. Me encanta cómo has transmitido la quietud del yermo y la viveza del recuerdo de su abuela. A ver cómo sale de esta Andrea, que ya le va una cogiendo cariño… 🙂

    ¡Un abrazo!

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