Andrea. Capítulo VIII: La huida.

Grimelda—No te has terminado toda la cena, querida.
La cabeza pelirroja asoma entre los barrotes.
—Anda, pásame el plato si no vas a comer más.
Andrea, sentada en el rincón junto a la puerta, no hace el más mínimo movimiento. Mantiene la cabeza gacha, de modo que sus cabellos, sucios y revueltos, ocultan su cara y el brillo de sus ojos.
Andrea está en realidad bien atenta a los movimientos de Grimelda. En los últimos tres días la ha estado observando con detenimiento y ha descubierto que Grimelda, como muchas otras brujas, no tiene mesura con su magia y la usa para todo. Y eso tiene un precio. Andrea ha escrutado los movimientos de Grimelda en cada encantamiento, en el de limpieza, en el de día y noche, en el de las flores para el jarrón… Con tal abundancia de ejemplos, no ha sido difícil descubrir ese pequeño momento de desconexión que Grimelda sufre cuando la magia se despliega para realizar la acción y hasta que ésta concluye.
Y ahora está preparada.
—¿Qué te pasa, refunfuñona? ¡Que me pases las sobras te digo!
Por toda respuesta, Andrea da una patada al plato, vertiendo al suelo su contenido.
—¡Maldita niñata! ¡Mira cómo has puesto el suelo!
—Te gusta tener tu casita bien limpia, ¿eh, princesita?
Grimelda siente que comienza a enojarse. Ya tarda en llegar el momento de comerse a esa malhablada. Tres días, tres, aguantando su altanería.
—De mañana no pasas. Me habría gustado cebarte un poquito más, pero ya veo que no eres de buen comer… Ni de buena casa… vaya modales.
—Supongo que no esperarás que esté agradecida por tu hospitalidad. Al fin y al cabo, no lo haces por altruismo…
Grimelda respira hondo y trata de concentrarse para hacer que los restos de comida vuelvan al plato. Andrea sigue quieta y atenta, observando los labios de Grimelda. Ahí está, efectivamente, ese momento de vacío en sus ojos mientras la comida vuelve al plato. Andrea tensa los músculos. Hasta ahora no tenía fuerzas suficientes, pero ya se ve capaz. Grimelda inicia el encantamiento para abrir la puerta y ésta comienza a moverse. Andrea no espera a que los barrotes suban del todo, sino que se lanza hacia el suelo para salir lo más rápidamente posible. En un tris, se abalanza sobre Grimelda, que sigue en su pequeño trance un instante más. Lo suficiente como para que Andrea la empuje por el agujero del calabozo, justo en el momento en que los barrotes bajan al interrumpirse el encantamiento. Uno de los barrotes atraviesa la pierna de Grimelda, que profiere un terrible grito.
—¡Maldita! ¡Maldita seas! ¿Crees que así escaparás de mí?
Pero Andrea ya ha salido por la puerta y se aleja de la casa tan rápido como puede.
—¡Maldita! ¿Es que ya no recuerdas dónde estás? ¿Crees que no volveré a encontrarte medio muerta en el Yermo?
Grimelda trata de concentrarse. Consigue levantar los barrotes que la aprisionan y luego intenta cerrar la espantosa herida.
—Esa andrajosa no escapará tan fácilmente.

A medida que Andrea se aleja de la casa de Grimelda, el paisaje comienza a ser terriblemente familiar. Las blancas y esponjosas nubes van oscureciéndose y aumentando su tamaño hasta cubrir todo el cielo, y pronto sus pies dejan de correr sobre la hierba fresca para arrastrarse de nuevo sobre el eterno polvo gris.
Andrea se detiene un instante para recuperar el aliento y se desespera al mirar a su alrededor. Tras ella, no percibe ningún rastro de la casa de Grimelda y comienza a dudar. Ya no sabe en qué dirección ir.
Anda un buen rato, sin rumbo, hasta que sus miembros se agotan. Ha huido sin comida y sin agua, y no tiene ninguna oportunidad de salir con vida del Yermo. Ha escapado de una muerte segura sólo para enfrentarse a otra igualmente inevitable. Sólo es cuestión de tiempo que Grimelda la encuentre de nuevo, viva o muerta.
Se tumba en el suelo, abandonada toda esperanza, y deja vagar la mirada en el cielo gris.
Al rato, medio adormecida, le parece percibir unas luces.
—Ya estoy delirando otra vez.
Pero no. Abre bien los ojos y descubre que sobre ella se ha formado una tormenta. Una gigantesca nube bulle con mil relámpagos. Andrea los observa fascinada, hasta que uno de ellos cae cerca suyo. Andrea se levanta de un salto, oliendo su propio pelo chamuscado. Ante ella, una terrorífica aparición: una bestia, negra como la noche, grande como un toro, con unos gigantescos cuernos en llamas. Y unos brillantes ojos verdes, los ojos de Grimelda.

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