El Mago Amargo

Parecía estar en una especie de gruta, llena de un aire cálido y seco. Al principio solo había oscuridad y silencio. Más tarde vislumbró lo que podía ser una salida, un punto lejano de luz, y del que llegaba el alegre sonido de unas campanillas. Las campanillas que le anunciaban que ya no estaba en el Reino de Lo Maravilloso.

Cuando uno creaba un Reino, y le ponía esa horterada de nombre, ya era obvio qué tipo de seres lo poblarían: hadas chocolateras, duendes reposteros y montañas untuosas cual cabello de ángel. Casitas de caramelo, Torres de Mazapán en el Bosque de Vainilla…

Pero ahora iba camino del Yermo Eterno.
Le habían expulsado utilizando un encantamiento especial. Por ser un rebelde, por no aceptar la diabetes como algo inevitable. Era un triste Exiliado, con una ensaimada recubierta de azúcar glas bajo el brazo como único sustento hasta que se instalase en su nuevo hogar.
¿Como sería aquello del Yermo Eterno?

No es que él quisiera destruir el Reino de Lo Maravilloso, no era una amenaza en ese sentido, pero se sentía abrumado por el dulzor… Y le preocupaba la salud de los habitantes del Reino. Algún día a alguien se le iban a empezar a caer los dientes, y entonces ¿qué? O mucho peor, alguna de esas hadas con alas de crema de leche necesitaría inyectarse insulina…
Había trabajado en secreto, para inventar otras formas de vida menos edulcoradas, otros tipos de vivienda menos empalagosos. Pero le habían descubierto y, por supuesto, no habían querido escuchar. Cuando uno está con el subidón de azúcar las 24 horas del día, desde luego que no tiene paciencia para sentarse un rato y prestar oídos a unos argumentos razonables. Él sólo quería un contrapunto, una ligera acidez que compensase el día a día almibarado del Reino. Evitar la acaramelada decadencia de Lo Maravilloso.

Los niños le habían puesto el mote de El Mago Amargo, y hacían muecas de disgusto cuando le señalaban con sus deditos empapados en arrope. Traidor, acerbo, viejo avinagrado, le habían llamado. Apretó los puños al recordar el abucheo y la vergüenza.
Pero ahora tendría una nueva vida en el Yermo Eterno. El País adonde habían ido a parar las pocas cabezas pensantes y moderadas de aquel estúpido Reino de adictos al sirope. Sí, en el Yermo Eterno estaba su futuro.

Llegó hasta la salida y se quedó un rato contemplando las campanillas. Mostraban algo de ese brillo y sonido especiales del Reino de Lo Maravilloso. Una lágrima solitaria asomó en su rostro.

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