Una pandereta suena… (I)

Una pandereta suenaLa despertó el llanto de la vecinita. La pobre niña lloraba y gritaba a pleno pulmón. A través de la pared llegaba a entenderse el motivo: no encontraba su pandereta.
Nuria recordó el escándalo que la niña había montado ayer por la tarde, pandereta en mano y silbato en boca. Dio gracias al cielo por la desaparición del instrumento y saltó de la cama, dispuesta a no llegar tarde al trabajo por tercera vez aquella semana. Hoy, gracias a los lloros de Luisita, se había despertado suficientemente temprano como para ir a pie hasta la tienda, y ahorrarse así el engorro de buscar aparcamiento en el centro. —No hay mal que por bien no venga —pensó.
Camino del trabajo, pasó por delante del colegio del barrio. La verja de la entrada estaba adornada con espumillón y brillantes esferas de colores. Un altavoz cascado amenazaba con sus villancicos a toda la manzana. Nuria frunció el ceño. Odiaba cómo aquellas melodías simplonas acababan encasquillándose en su cerebro, repitiéndose una y otra vez a pesar suyo.
Llamó su atención el pequeño grupo de padres que se había formado junto a la verja, pues ya habían comenzado las vacaciones escolares. Algunos niños lloraban a su alrededor, mientras otros escuchaban interesados lo que los adultos decían. Nuria relajó el paso y aguzó el oído.
Se quedó entre sorprendida y decepcionada cuando comprendió que el tema de conversación era el de las dichosas panderetas. De nuevo el recuerdo sonoro de la vecinita la tarde anterior le alteró los nervios. Trató de olvidarse del “Mujer, es Navidad”, que le había espetado la vecina cuando había ido a quejarse por el ruido. ¡Ojalá desapareciesen todas las panderetas del planeta!
Pero de pronto entendió que al parecer era justo eso lo que había pasado. Uno decía haber encontrado alguna de las sonajas en el suelo de la habitación. Otro que había encontrado restos de plástico bajo la mesa de la cocina. Otros decían que simplemente no había ni rastro de las panderetas.
Se escuchó a uno de los niños, por encima del resto de voces:
¡Ha sido el monstruo! ¡Yo lo vi! Cogió nuestras panderetas y se las comió a mordiscos. Yo estaba despierto en la cama y lo vi.
Nuria se paró en seco. Los padres y el resto de niños se volvieron hacia el chiquillo, de unos 5 años. Llevaba de la mano a su hermanito pequeño, que lloraba por la pérdida de su pandereta.
Otro niño le secundó:
¡Sí! ¡Ha sido el monstruo comepanderetas!
Algunos padres rieron, otros miraron a los niños con preocupación.
Bueno, los niños tienen su manera de decir las cosas, claro —dijo una madre—. Todos sabemos que no existen los monstruos, y menos aún los que comen panderetas —añadió con una sonrisa, mirando a los niños—. Pero es cierto que las panderetas no están, y que alguien debe haberlas cogido.
A lo mejor se han desintegrado —Los padres se volvieron hacia Nuria, que les miraba con una sonrisa bobalicona—. Perdón, se me ha escapado.
Nuria se dio la vuelta y se alejó a paso rápido, con los mofletes rojos como luces de semáforo.

Cuando llegó a la tienda, puntual esta vez, Froilán estaba como siempre, frente a la caja, preparando el cambio. En la radio, una voz apática desgranaba las noticias del día, intercalándolas con anuncios de comercios y empresas locales.
Froilán la saludó con un escueto hola y una media sonrisa, sin apenas apartar la vista de las monedas. Nuria dejó sus cosas en la trastienda, encendió las fotocopiadoras y el ordenador y preparó unos cafés. Se acercó a Froilán con las tazas y ambos levantaron sus cabezas hacia los altavoces: la voz del noticiero había cambiado un poco su tono para ofrecer las últimas noticias y atacaba ahora con un sorprendente suceso local, una denuncia interpuesta por la asociación regional de pandereteiros por el robo de todas sus panderetas. La voz dio paso a otra voz, mucho más alterada y vibrante:
Todas, tódalas pandereitas. Isto é indignante. Non somos unha asociación con diñeiro, bastante nos custou xa mercar as poucas pandereitas que tiñamos, todas tradicionais. É incrible, quen fixo isto é un tolo o un bromista de mal gusto.
Froilán la miró perplejo:
Hoy no es 28 de diciembre, ¿no?

Para cuando Nuria volvió a casa a comer, había escuchado más que suficiente de la historia de las panderetas. Las misteriosas desapariciones estaban en boca de todos, y cada persona que había entrado en la tienda había tenido una anécdota para contar sobre el asunto. “En mi casa también han desaparecido, las he buscado por todas partes”, o “Pues mis niños están desconsolados”, o también, aunque los menos, “No sé de quién ha sido la idea ni cómo lo ha hecho, pero me parece cojonudo, qué descanso”.
Se sentó ante el televisor para devorar su magnífico guiso de conejo, preparado el día anterior, con su guarnición de champiñones y verduras y la crema de espárragos verdes -a Nuria le encantaba cocinar-, todo bien regado con su tinto preferido. Normalmente agradecía disfrutar de la comida en silencio, pero aquel día le picaba la curiosidad: ¿hasta dónde habría trascendido la historia de las panderetas? El telediario nacional no mencionó nada al respecto, pero sí apareció, como caso insólito ocurrido en el pueblo de L., en el programa de la sobremesa. El misterioso caso de las panderetas desaparecidas. —Parecería un título de Sherlock Holmes, si no fuese por lo grotesco del asunto —pensó Nuria.
En la pequeña pantalla empezaron a desfilar testimonios que confirmaban la desaparición de aquellos pequeños instrumentos de tortura. El programa destacaba el hecho de que en algunas casas los supuestos robos se habían producido hacía varios días, mientras que en otras habían disfrutado del alegre campanilleo hasta la noche anterior. La presentadora contaba con emocionada angustia la suspensión de los conciertos navideños en todos los colegios y asociaciones debido a la crítica escasez de uno de los instrumentos protagonistas.
Nuria apagó la tele, perpleja. ¿Qué significaba aquello? ¿Existía una sociedad secreta de odiadores de la Navidad? Si era así, ¿cómo lo habían hecho? ¿Habían entrado en las casas una por una? ¿Era un ataque exclusivo contra las panderetas o contra la Navidad misma? Cuantas más vueltas le daba, más absurdo le parecía.
De pronto, se le ocurrió una idea. Ella tenía una pandereta. Una vieja, verde, de plástico, con una pegatina que mostraba a unos pastorcillos cantando alegremente. Recordaba haberla traído al mudarse, metida en una caja de cartón vieja, junto con otros trastos y juguetes de su infancia que habían sobrevivido al afán destructor de su hermano pequeño. ¿Estaría la pandereta en su lugar o habría desaparecido?
Se levantó de un salto y subió al trastero. Le costó un rato encontrar la caja correcta entre tanta cacharrería y muebles viejos, pero al fin apareció. Cortó con una llave la cinta que unía las solapas de la caja y rebuscó dentro. Allí estaba, estropeada y sucia, con el dibujo de la pegatina desgastado y casi irreconocible, con el espacio vacío que habían dejado dos sonajas perdidas.
Su pandereta no había desaparecido como las demás. ¿A qué se debía esto? Quizás era porque estaba guardada y sin usar. Era una idea un poco tonta, ¿acaso pensaba que el ladrón aparecía atraído por el sonido del instrumento? ¿Se trataba realmente de un ladrón? Lo averiguaría.

Esa misma tarde, al volver del trabajo, lo orquestó todo. Con unos cartones se construyó un pequeño refugio bajo la mesa del salón, desde donde podría vigilar qué le sucedía a su pandereta. Acercó la lámpara del sofá, para poder encender una luz en el momento si era necesario, y se aseguró de que ésta iluminara suficientemente la zona donde estaba el instrumento.
Cenó deprisa, impaciente por poner en marcha su pequeño experimento. Colocó la pandereta en el sitio calculado y fue a esconderse, no sin antes dar tres o cuatro golpes en ella y dejar tintinear las sonajas. Una vez acomodada tras los cartones, apagó la luz y se quedó quieta, esperando pacientemente en silencio.

 

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